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El contexto
Llevo cuatro años viviendo en ese tercer piso de la calle Alcalá, justo encima de un local de tapas que nunca cierra antes de la una. Mi rutina es siempre la misma: salgo a las siete y media para tomar el metro, vuelvo a las ocho y media, paso por el portal, subo las dos rampas de hormigón y llego a mi puerta. Allí, casi siempre, la veo. Ella es Marta, la de el piso de enfrente, la que siempre tiene la persiana medio bajada y una planta de albahaca en el alféizar. Tiene treinta y ocho, según ella misma me dijo una vez en el ascensor cuando ambos llevábamos bolsas de la compra y el olor a ajo del restaurante de abajo nos hizo estornudar. Cabello castaño recogido en una coleta suelta, piel que se broncea con los primeros rayos de sol de mayo y unas gafas de pasta negra que le dan un aire de profesora de instituto, aunque trabaja en una agencia de publicidad. Yo la he visto con vaqueros ajustados y una camisa blanca cuyas mangas se remangan hasta el codo, con unos zapatos de tacón bajo que hacen ruido en las escaleras de mármol.
Yo soy Hugo, cuarenta, ingeniero de telecomunicaciones, con una barba de tres días que nunca logro dejar crecer del todo y una tendencia a sudar cuando me pongo nervioso. Mi vida sentimental ha sido un desierto desde que mi última relación terminó hace dos años; desde entonces, solo salidas ocasionales con amigos, partidos de fútbol los domingos y muchas noches frente al televisor viendo series mientras intento no pensar en lo vacío que está el sofa a mi lado.
La primera vez que realmente la noté, más allá del saludo de “buenos días”, fue un martes de lluvia. Salí sin paraguas y ella, al abrir su puerta, me vio temblando y, sin dudar, me ofreció su paraguas de diseño, negro con puntas doradas. Sus dedos rozaron mi mano al pasármelo y sentí una corriente que no fue solo por el frío. Desde entonces, cada cruce de miradas en el portal se ha cargado de una tensión que ninguno de nosotros se atreve a nombrar.
El encuentro
Fue un jueves de julio, la ciudad sudaba bajo una ola de calor que hacía que el asfalto brillara como espejo. Yo llegué tarde del trabajo, con la camisa pegada a la espalda y el cuello empapado de sudor. Al subir las escaleras, oí risas provenientes del piso de Marta y, por curiosidad, me detuve un instante frente a su puerta. La persiana estaba completamente levantada y, a través del cristal, pude ver su sala iluminada por una lámpara de pie que proyectaba sombras suaves sobre una pared decorada con cuadros abstractos en tonos tierra.
Ella estaba de pie frente al espejo del hall, ajustándose un vestido negro de tirantes que ceñía su pecho y marcaba la curva de su cintura. El vestido tenía un escote en V que revelaba el inicio de sus senos, y la tela, fina como gasa, se movía ligeramente con cada respiración. Sus pies estaban descalzos, los dedos pintados de un rojo oscuro que contrastaba con la piel pálida de sus tobillos. Cuando se volvió y me vio reflejado en el espejo, su sonrisa se hizo más lenta, casi tímida.
—¿Te quedas a tomar algo? —preguntó, con la voz más baja de lo habitual.
Yo, sin saber muy bien qué decir, así que asintí y entré. El olor a jazmín de su difusor se mezcló con el aroma a madera de sándalo de sus velas. Me ofreció un vaso de vino tinto, Rioja reserva, y nos sentamos en el sofá de terciopelo gris. La conversación empezó trivial: el calor, la falta de aire acondicionado en el edificio, el nuevo restaurante de tapas que había abierto en la esquina. Pero a medida que el vino iba bajando, sus miradas se volvieron más directas, sus gestos más lentos.
En un momento, se inclinó hacia mí para alcanzarme la botella y su escote rozó mi hombro. Sentí el calor de su piel a través de la tela fina y un escalofrío recorrió mi columna. No dije nada, pero mi mano, apoyada en el reposabrazos, temblorosa, buscó la suya y, sin pensarlo, entrelazó nuestros dedos. Ella no retiró la suya; al contrario, apretó un poco más y susurró:
—¿Estás seguro de que quieres esto?
Asentí con la cabeza, sin poder formar palabras. Su respiración se aceleró y, sin previo aviso, inclina la cabeza y besó mis labios. Fue un beso seco al principio, casi como una prueba, pero luego se volvió profundo, sus labios se abrieron y su lengua buscó la mía con una urgencia que me dejó sin aliento.
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La escalada
Nos levantamos casi al mismo tiempo y, sin decir palabra, nos dirigimos hacia su dormitorio. La puerta estaba entreabierta y, al pasar, vi la cama grande, con sábanas blancas ligeramente arrugadas y una manta de punto gris al pie. Ella cerró la puerta con un suave click y se volvió hacia mí, desabrochando lentamente los botones de su camisa mientras mi mirada se fijaba en el encaje negro de su sostén que asomaba por el escote.
Me acerqué y, con las manos temblorosas, deslicé la tira de su vestido por encima de su cabeza. El tejido cayó al suelo con un susurro y ella permaneció allí, en solo sujet braga y braguita, el pecho sollevándose y cayendo con cada respiración. Sus pezones, duros y rosados, destacaban contra el encaje.

Yo me quedué en pie, mirando su cuerpo, y ella se acercó, deslizando sus manos bajo mi camisa, rozando mi pecho y mi abdomen. Sus dedos eran firmes pero delicados, trazando líneas que hacían que mi piel se erizara. Cuando llegó a mi cinturón, lo desabrochó con una destreza que delataba práctica, y bajó la cremallera de mis pantalones, dejando que éstos cayeran alrededor de mis tobillos.
Nos besamos otra vez, esta vez más hambriento. Sus manos exploraron mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretando fuerte mientras yo hacía lo mismo con ella, hundiendo mis dedos en la carne suave de sus gluteos a través de la fina tela de su braguita. Luego, con una mouvemento rápido, deslizó la braguita por sus piernas y quedó completamente desnuda frente a mí.
Yo, sin perder tiempo, bajé mis calzoncillos y dejé que mi erección saliera al descubierto, gruesa y húmeda en la punta. Ella lo miró, sonrió y, arrodillándose, tomó mi miembro con ambas manos, empezando a mover su cabeza de arriba abajo con una cadencia que me hizo jorobarme. Su lengua giraba alrededor del glande, y sus labios creaban un vacío que me llevó casi al borde en cuestión de minutos.
Cuando sentí que iba a llegar, la tiré suavemente hacia arriba y la hice recostar sobre la cama. Me posicioné entre sus piernas, separándolas con mis manos y admirando el tesoro que se ofrecía a mi vista: sus labios internos rosados y brillantes, ya parcialmente separados, y un pequeño parche de pelo rizado en el monte de venus que contrastaba con la suavidad de su piel.
Sin pensarlo, me incliné y comencé a besar esos labios internos, mi lengua deslizándose entre ellos, recorriéndola de arriba abajo mientras ella jadeaba y arqueaba la espalda. Sus manos se hundieron en mi cabello, tirando ligeramente cada vez que mi lengua encontraba su clítoris, ese pequeño botón que, al ser rozado, la hacía emitir un gemido ahogado que se perdía en el silencio de la habitación.
Subí entonces, posicionando mi miembro en la entrada de su vagina. Ella me miró a los ojos, y en su mirada vi una mezcla de deseo y una especie de resignación dulce, como si aceptara que aquello que estábamos a punto de hacer era inevitable y, a la vez, sagrado.
La noche
Empujé lentamente, sintiendo cómo la resistencia inicial cedía ante la humedad que ya había generado mi boca. Su interior era cálido, estrecho y se contraía en ondas alrededor de mi pene cada vez que avanzaba un poco más. Cuando finalmente quedé totalmente dentro, nos quedamos inmóviles unos segundos, nuestras respiraciones entrelazadas, sus dedos clavándose en mis hombros y mis manos apoyadas a ambos lados de su cabeza.
Luego comencé a moverme, primero con thrusts lentos y profundos, escuchando el sonido de nuestros cuerpos rozándose, el leve crujido de la cama bajo nuestro peso y los gemidos que ella soltaba en rhythm con cada embestida. Cada vez que llegaba hasta el fondo, ella arqueaba la pelvis para recibirme más profundamente, y yo sentía cómo su cuello se tensaba y su respiración se volvía más entrecortada.
A medida que el placer iba aumentando, el ritmo se aceleró. Mis empujones se volvieron más firmes, mi pelvis golpeaba suavemente contra sus nalgas y yo podía sentir el latido de su corazón a través de la piel de su pecho, donde mis manos ahora la sostenían, apretando sus senos con firmeza pero sin dolor.
Ella empezó a hablar entre jadeos:

