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El contexto
Acababa de firmar los papeles del divorcio esa misma mañana. El juez tuvo la amabilidad de no alargarlo, y yo salí del juzgado con la sensación de haber dejado un peso muerto en la silla de enfrente, aunque en realidad el peso seguía dentro, una bola de hielo bajo el esternón que no se derretía con el café de la máquina del edificio. Salí a la calle y el aire de Bilbao olía a lluvia reciente y a ese típico mezcla de pescado del mercado y humo de las chimeneas de los viejos edificios del Casco Viejo. Me puse la chaqueta de vaquero que aún guardaba olor a perfume de ella, aunque intenté no pensar en ello. Caminé sin rumbo, dejando que mis botas chocaran contra el adoquinado irregular, hasta que llegué al bar de siempre, el que tiene la luz tenue y las paredes llenas de vinilos de rock ochentero.
Pedí un doble de whisky, sin hielo. El líquido quemó la garganta y por un momento pensé que eso podría disipar la tensión, pero solo la enfocó. Mi teléfono vibró en el bolsillo: un mensaje de Ana, una amiga de la universidad que hacía meses no veía. “¿Quieres tomar algo esta noche? Sé un sitio tranquilo.” Respondí que sí, más por inercia que por deseo. No buscaba compañía, pero tampoco quería volver a un piso vacío donde cada rincón resonaba con ecos de risas y discusiones que ya no eran nuestras.
Me duché rápido, cambió la camiseta interior por una de algodón negro, ajustada, y me puse unos jeans oscuros que todavía quedaban bien pese a la falta de gimnasio últimamente. Antes de salir, me miré al espejo y vi los ojos cansados, la barba de tres días que necesitaba afeitarse, y una pequeña línea de sudor en la sien que no era por el calor. Me dije a mí mismo que esa noche sería solo una distracción, nada más.
El encuentro
El sitio al que me llevó Ana era un local pequeño cerca del Arenal, con mesas de madera rústica y una barra donde el bartender preparaba cócteles con precisión quirúrgica. La luz era tenue, lámparas de filamento que tiraban sombras suaves sobre las paredes de ladrillo visto. Sonaba música de jazz bajo, casi un susurro, lo que hacía que cada conversación pareciera íntima aunque hubiera poca gente.
Ana ya estaba allí, sentada en una esquina, con un vestido rojo ceñido que resaltaba sus curvas y dejaba al descubierto bastante espalda. Su pelo castaño estaba suelto, con algunas ondas que le caían sobre los hombros. Cuando me vio, se levantó y me dio un abrazo que fue más fuerte de lo esperado; sus pechos presionaron contra mi pecho y pude sentir el ritmo de su corazón a través de la tela. “Hace tiempo que no te veo,” susurró cerca de mi oreja, su aliento tibio olía a vainilla y algo cítrico.
Nos sentamos y pedimos dos copas de vino tinto, un Rioja reserva que tenía notas de frutos negros y un toque de vainilla que se mezclaba con el perfume de ella. La conversación comenzó ligera: trabajo, amigos comunes, la ciudad que cambia. Pero pronto, sin que ninguno lo buscara, la charla se volvió más personal. Ella habló de su reciente ruptura, de cómo había empezado a salir con gente simplemente para sentir que aún existía el deseo de alguien más. Yo, por mi parte, le conté lo del divorcio, lo extraño que era dormir solo después de siete años, la forma en que la cama parecía demasiado grande y los silencios demasiado ruidosos.
Mientras hablábamos, noté cómo su mano rozaba ocasionalmente la mía sobre la mesa, un roce breve pero cargado de electricidad. Sus dedos eran largos, con uñas pintadas de un rojo oscuro que coincidía con su vestido. Cada contacto hacía que mi pulso se acelerara un poco más, y yo, consciente de ello, dejé que mi propia mano se desplazara hacia la suya, rozando el dorso de sus dedos antes de entrelazarlos ligeramente. Ella no se retiró; al contrario, aprieta mi mano y sonrió, una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos pero que prometía algo más.
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La escalada
Después de la tercera copa, el vino ya había aflojado las inhibiciones. Propuse ir a tomar el aire a la terraza del local, un pequeño balcón con vistas al río y unas pocas mesas donde la brisa del Nervión llegaba cargada de sal y de los olores de la cocina de un restaurante cercano. Ana aceptó, y al levantarse, su vestido se ajustó aún más, revelando la línea de sus muslos y el sutil movimiento de sus glúteos al caminar.
En la terraza, la noche estaba clara, aunque con una ligera neblina que daba al río un aspecto casi irreal. Nos sentamos en una mesa de hierro forjado, las sillas chirriando ligeramente bajo nuestro peso. La cercanía fue inmediata; nuestras rodillas se tocaron y no nos separamos. Ella giró ligeramente hacia mí, y yo pude ver el escote de su vestido, el borde superior de su sujetador de encaje negra que asomaba tímidamente. El perfume de ella se intensificó con la proximidad, mezclándose con el aroma a humo distante de alguna cigarrillera y el frescor del agua.
Sin palabras, me acerqué y besé su cuello justo debajo de la oreja, donde la piel era más suave y cálida. Ella suspiró, un sonido bajo que se perdió en la música del local detrás de nosotros. Mis manos empezaron a explorar: una se deslizó por su cintura, sintiendo el tejido del vestido y la calidez de su piel debajo; la otra encontró su mano libre y la llevó a mi pecho, donde pudo sentir el latido acelerado de mi corazón bajo la camiseta.
Ella respondió girando su cuerpo hacia mí, enfrentándonos completamente. Nuestros labios se encontraron en un beso que comenzó tierno y rápidamente se volvió hambriento. Sus labios eran dulces, ligeramente húmedos, y su lengua buscó la mía con urgencia. Yo la apreté contra mí, sintiendo cómo sus pechos se presionaban contra mi pecho, los pezones duros rozando la tela de mi camiseta. Mis manos bajaron, encontrando el cierre trasero de su vestido; con un tirón lento, lo deslijé hasta la cintura, dejando que el tejido cayera sobre sus muslos y revelando la tanga de encaje negro que coincidía con su sujetador.

El aire de la terraza parecía detenerse. Solo se oía nuestro jadeo mezclado con el lejano ruido del tráfico y el crujido de nuestras ropas. Ella se apoyó contra el respaldo de la silla, arqueando ligeramente la espalda, y yo comencé a besar su cuello, su clavícula, bajando hasta el borde de su sujetador. Con los dedos, desvié la encaje y expuse su seno izquierdo; el pezón ya estaba erecto y rosado, y yo lo tomé en mi boca, succionando suavemente mientras mi otra mano masajeaba el otro pecho, apretando y girando la punta entre dedos.
Sus gemidos se volvieron más fuertes, entrecortados, y ella entrelazó sus dedos en mi cabello, tirando ligeramente cada vez que aumentaba la presión. Yo respondedeslizando una mano por su abdomen, bajo el vestido ya caído, hasta llegar al elástico de su tanga. Con un gesto rápido, lo bajé un poco, suficiente para que mis dedos rozaran su vello recortado y luego encontraran la humedad de su sexo. Estaba caliente, empapada, y al deslizar un dedo entre sus labios ella jadeó y se apretó contra mí, sus uñas clavándose en mis hombros.
Seguí explorando, moviendo mis dedos en círculos lentos sobre su clítoris, sintiendo cómo se tensaba y relajaba al ritmo de mis movimientos. Ella respondió moviendo su cadera contra mi mano, buscando más fricción, y yo, sin dejar de besar su cuello, añadí un segundo dedo, entrando lentamente, sintiendo el apretón cálido y húmedo de su interior. Sus respiraciones se volvieron jadeos cortos, y ella susurró entre dientes: “No pares… sigue…”
La noche
El deseo había alcanzado un punto de no retorno. Sin romper el contacto, me levanté y la tomé de la mano, llevándola hacia dentro del local, pasando desapercibidos entre las pocas parejas que aún quedaban en la barra. El bartender nos miró con una mezcla de curiosidad y complicidad, pero no dijo nada. Encontramos un pasillo oscuro que llevaba a los baños; allí, la única luz provenía de una bombilla tenue sobre el espejo, proyectando sombras que hacían que todo pareciera más íntimo y casi irreal.
Cerramos con cerrojo la puerta del baño de hombres, y el pequeño espacio se llenó rápidamente de nuestro aliento y el olor a sexo y a perfume de ella. Ana se volvió hacia mí, desabrochando mi camisa con manos temblorosas mientras yo hacía lo mismo con el resto de su vestido, dejándolo caer completamente al suelo. Quedó en ropa interior: sujetador y tanga de encaje negro, medias de rejilla que llegaban a mitad del muslo y unos tacones altos que hacían que sus piernas se vieran más largas y definidas.
Yo ya estaba desnudo desde la cintura para arriba, mi camisa abierta y mi pantalón todavía puesto, pero con la cremallera bajada y mi miembro duro sobresaliendo del bóxer, húmedo en la punta por el líquido preeyaculatorio. Ella lo tomó en su mano, dando una lenta carresa que me hizo cerrar los ojos y inhalar profundamente. Luego, se arrodilló frente a mí, mirando fijamente a mis ojos mientras tomaba mi miembro en su boca. Su lengua giró alrededor del glande, sus labios se apretaron y comenzó a moverse de arriba abajo con un ritmo que alternaba entre lento y voraz. Los sonidos que emitía — chupidos suaves, sus respiraciones por la nariz — eran una sinfonía que aumentaba mi excitación hasta el borde.

