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El contexto
Llevo tres años con Lucía, y aunque el sexo sigue siendo bueno, empieza a sentirnos como una rutina bien aceitada. Nos conocimos en la universidad, compartimos piso en Gràcia y ahora vivimos juntos en un ático pequeño con terraza que da al mar. Lucía tiene el pelo castaño recogido en una coleta baja, piel clara que se pone rosada después de la ducha y una manera de morderse el labio cuando está pensando que me vuelve loco. Yo soy más delgado, de barba de tres días y tattoos en los antebrazos que ella likes to trace with her fingertips when we’re lying in bed.
La idea de abrir la relación no surgió de un día para otro. Fue después de una noche de fiesta en El Born, donde bailamos pegados a desconocidos y ella me susurró al oído: “¿Y si probamos con alguien más, solo para ver cómo se siente?” Yo me quedé callado, pero mi polla se endureció contra su muslo bajo la falda. Esa semilla quedó ahí, cultivada por conversaciones tardías sobre vino y pornos que vimos juntos, donde comentábamos qué nos excitaba ver a la otra persona con alguien más.
Hoy es sábado, y Lucía ha insistido en que quedemos con una pareja que conocimos en una app de swinger. Ella se puso un vestido negro ajustado, sin tirantes, que resalta sus curvas y deja al descubierto la espalda hasta la cintura. Yo opté por una camisa blanca sin corbata y vaqueros oscuros, con las mangas arregladas para mostrar mis tatuajes. El olor a perfume de jazmín de ella se mezcla con el mío de sándalo mientras nos miramos en el espejo del pasillo, y siento un nudo de excitación y nerviosismo en el estómago.
El encuentro
Nos encontramos en un bar de cócteles en Raval, luz tenue, música de jazz bajo y el tintinear de cristales. La otra pareja ya está allí: Mara, una pelirroja con cortes asimétricos y un cuerpo que parece tallado en mármol, y Álvaro, un tipo alto, barbudo, con una camisa de lino arrugada que sugiere que se acabo de levantar de la cama. Mara lleva un top de encaje rojo que deja ver el sujetorio de push‑up y una falda corta que muestra muslos torneados; Álvaro tiene una sonrisa pícara y unas manos que parecen acostumbradas a tocar.
Nos saludamos con besos en las mejillas, y el contacto de sus labios en mi piel deja una sensación húmeda y cálida. Pido un whisky doble; Lucía pide un gin tonic con pepita de lima. Mara opta por un mojito y Álvaro por una cerveza artesanal. Nos sentamos en una esquina, las mesas de madera crujen levemente cuando nos movemos, y el murmullo de otras conversaciones crea un fondo que nos hace sentir invisibles aunque estemos expuestos.
La conversación empieza con lo típico: trabajo, viajes, películas. Pero pronto Álvaro se inclina hacia mí y, con voz baja, pregunta: “¿Qué os gusta más, ver o ser vistos?” Lucía responde sin dudar: “Ver. Me pone ver a Hugo con otra.” Yo siento una corriente recorrerme la columna; mi mano, inconscientemente, se posa en el muslo de Lucía bajo la mesa, y ella aprieta ligeramente mis dedos a cambio.
Mara sonríe y desliza su pie rozando la pantorrilla de Álvaro bajo la mesa. El roce es breve, pero suficiente para hacer que ambos cambiemos de postura, más erguidos, más conscientes de los cuerpos alrededor. El alcohol empieza a hacer efecto, y el ambiente se carga de una electricidad que no puedo negar: cada risita, cada contacto de brazo, cada mirada que se cruza entre nosotros parece un preludio de lo que viene.
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La escalada
Después de dos rondas, proponemos ir a un hotel cercano que sabemos que tiene habitaciones temáticas y buen aislamiento. Lucia toma mi mano y la aprieta fuerte mientras caminamos por las calles estrechas del Raval, el eco de nuestros pasos rebotando en las paredes de piedra. El aire nocturno huele a mar y a algo de comida frita de un puesto cercano; mi piel se eriza con el viento fresco.
En el ascensor del hotel, Mara se coloca detrás de mí, su pecho presionando contra mi espalda, y sus manos encuentran mi cintura. Álvaro se coloca a mi lado, rozando su brazo contra el mío. El pequeño espacio se vuelve denso; escucho el suspiro de Lucía al vernos así, y su respiración se acelera.
En la habitación, la luz es tenue, una lámpara de sal rosa proyecta sombras cálidas sobre las paredes. Hay un espejo grande frente a la cama, y una cama king size con sábanas blancas y unas almohadas de plumas. Lucía se quita el vestido lentamente, revelando un conjunto de lencería negra de encaje que deja al descubierto su vientre y la parte superior de sus glúteos. Yo me desabrocho la camisa y me quito los vaqueros, quedando en boxers ajustados que ya muestran una evidente protuberancia.
Mara se acerca a Lucía y le quita el sujetario con dedos hábiles, dejando sus senos al aire. Los pezones de Lucía están duros, rosados, y Mara los toma entre sus dedos, apretando suavemente mientras Lucía jadea. Álvaro, sin decir nada, se pone detrás de mí y desliza una mano por mi pecho, bajando hasta mi cinturón, donde desabrocha mi bóxer con un tirón lento. Su dedo índice recorre la longitud de mi pene, haciéndome temblar.
Nos miramos al espejo: cuatro cuerpos entrelazados, sombras y luces jugando con la piel. Lucía se arrodilla frente a mí y toma mi pene en su boca, su lengua recorriendo la base mientras sus ojos nunca dejan los míos. El calor de su boca, el sonido húmedo de su succión, y el leve gagging cuando lo lleva más profundo me hacen lanzarme un grito ahogado.
Mientras tanto, Mara se coloca detrás de Lucía, separándole las nalgas con sus manos y empezando a lamerle el ano con movimientos lentos y circulares. Lucía gimotea alrededor de mi pene, su vibración aumentando mi placer. Álvaro se coloca frente a mí y, sin romper el contacto visual conmigo, empieza a besarme, su lengua invadiente, mientras su otra mano explora mi pecho y baja a mis abdominales, apretando con firmeza.
El espejo devuelve la escena: Lucía con los ojos cerrados, disfrutando; Mara con la lengua profundamente insertada; Álvaro besándome con hambre; y yo, atrapado entre dos olas de sensación, sintiendo cómo el placer se acumula en cada fibra de mi cuerpo.
La noche
El ritmo se intensifica. Lucía se pone de pie, se voltea y me empuja ligeramente hacia la cama, donde caigo de espaldas. Ella se sienta sobre mi pecho, sus piernas abiertas a cada lado de mi cabeza, y empieza a frotar su clítoris contra mi barbilla mientras yo le lamgo los pliegues húmedos de su vagina. El sabor de ella es dulce y salado a la vez, y sus gemidos se vuelven más urgentes.

